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Κυριακή, 24 Μαΐου 2015

La guerra invisible, san Nicodemo el Aghiorita PRIMERA PARTE Capítulo 2

ΟΣΙΟΥ ΝΙΚΟΔΗΜΟΥ ΤΟΥ ΑΓΙΟΡΕΙΤΟΥ
ΑΟΡΑΤΟΣ ΠΟΛΕΜΟΣ
La guerra invisible, san Nicodemo el Aghiorita
PRIMERA PARTE
Capítulo 2
No debemos confiar de nosotros mismos, ni soltar las riendas de sí mismo.
El no confiarte de ti mismo, hermanos mío, es tan necesario en esta guerra, que sin esto, estate seguro que, no sólo no podrás conseguir la victoria que deseas, sino que ni si quiera podrás resistir a lo más mínimo, y esto grábalo bien en la memoria de tu nus. (8) El profeta Jeremías llama maldito y apóstata (tránsfuga) de Dios, aquel que confía en sí mismo, diciendo: “¡Maldito el hombre que confía en el hombre, que en el mortal se apoya y su corazón se aparta del Señor!” (Jer 5,17). San Basilio el Magno interpretando este pasaje dice: el tener esperanza en otro hombre y también el confiar de sí mismo, estas dos cosas las llama apostasía de Dios. Ves pues, el orden que utiliza este libro, porque comienza la guerra desde la filaftía (egolatría, excesivo amor a uno mismo y al cuerpo), la cual es la causa previa, la raíz y el principio de todos los otros pazos y males.
Porque nosotros realmente por nuestra naturaleza siendo seres corruptos desde el tiempo de la infracción de Adán, tenemos una gran idea y consideración de nosotros mismos, lo que no es más que una gran mentira, pero nosotros con una impresión engañosa o un autoengaño creemos que somos algo. (9)
Esto es un defecto que difícilmente es reconocido y no gusta a Dios, el cual quiere que nosotros tengamos un conocimiento sin dolo ni engaño sobre esta verdad indudable. (9) El que creamos que somos algo esto se llama soberbia (jactancia, presumir, orgullo y vanagloria), es un pazos muy malo y se genera por la filaftía (egolatría, excesivo amor a uno mismo y al cuerpo); y la filaftía se convierte en raíz, principio y causa de todos los demás pazos; es tan fino este pazos de la vanagloria o jactancia, de modo que por su gran sutilidad, finura y ocultación, aquellos que lo tienen no lo sienten. Porque la primera puerta del nus, por la que trata de entrar la jaris (gracia, energía increada) de Dios y habitar al hombre, este maldito pazos se detiene allí, cierra la puerta (u obstruye el nus, su energía del) y no deja entrar la jaris, la cual justamente se marcha. Porque, ¿cómo puede venir la jaris para iluminar o ayudar al hombre aquel que se cree grande? El Señor que nos libere de este pazos tan eosfórico (diabólico) y nos sane a los que padecemos de esta enfermedad, la soberbia (orgullo y vanagloria). El Señor castiga este pazos mediante el profeta que dice: ¡Ay de aquellos que se creen que son sabios! (Is 5,21). Y el apóstol Pablo nos pide esto: “No seáis orgullosos, poneos al nivel de los humildes. No os consideréis los sabios (Rom 12,16); y Salomón dice: “No te creas a ti mismo sabio” (Prov 12,16).
Es decir, toda jaris, (gracia, energía increada) y virtud provienen únicamente de Él que es la fuente de todo bien; y que de nosotros no provienen bienes, ni buenos loyismí (pensamientos, reflexiones unidas con fantasías) que le gusten. Aunque esta verdad muy necesaria, es decir, no confiarnos de nosotros mismos, es obra de la mano divina, que acostumbra dar a sus amados amigos, unas veces con iluminaciones y apocalipsis (revelaciones interiores), otras veces con latigazos y aflicciones, otras veces con tentaciones violentas y casi invencibles, y otras veces con otros medios que nosotros no los entendemos ni captamos; con todas estas cosas quiere que por nuestra parte hagamos aquello que es debido y es posible en nosotros. Por eso, hermano mío, aquí te pongo cuatro maneras o modos con los que podrás, con la ayuda de Dios, conseguir esta duda sobre ti mismo, es decir, no confiarte de ti mismo.
Primera manera es conocer tu nimiedad (10) y pensar que solo no puedes hacer ningún bien de los que te convertirán en digno de pertenecer en la realeza increada de los cielos. (10). Por eso san Crisóstomo dice que aquel que se cree de sí mismo que no es nadie, éste más que nadie se conoce a sí mismo. San Máximo el Confesor dice: Condición de la virtud es el reconocimiento de la enfermedad humana y la percepción y conocimiento de la fuerza y energía increada divina que trae la unión (Filocalía c.3 v.79); y san Pedro el Damasceno dice: “No hay mayor cosa que conocer tu propia enfermedad y desconocimiento, y nada peor que la ignores” (Filocalía, Sobre el desconocimiento).

Segunda manera es pedir para esto muchas veces ayuda a Dios con ardientes y humildes súplicas, porque este es carisma Suyo; y si quieres recibirlo, primero debes pensar en ti mismo, no sólo desnudo de todo lo tuyo y de ti mismo, sino pensar también que es imposible que lo consigas por ti mismo; hablar con familiaridad muchas veces ante la grandeza de Dios, y creo firmemente que a causa del océano de Su compasión, esta ayuda te la concederá cuando Él sepa que tú la disfrutarás, esto no lo dudes.

Tercera manera es acostumbrarte tener temor de ti mismo; y también temer los innumerables enemigos, a los cuales no eres capaz de hacer ni la mínima resistencia sin la ayuda de Dios; temer la fuerza de la costumbre de ellos que te atacan y combaten con astucias, estratagemas y transfiguraciones en ángeles de luz y sus innumerables artificios y trampas que te ponen ocultamente en el camino de la virtud.

Cuarta manera es cuando caigas en algún defecto, piensa automática y claramente en tu absoluta debilidad; porque por esta razón o propósito el Dios concedió que caigas, para que conozcas mejor tu enfermedad (11) y así aprendas no sólo a despreciarte de ti mismo como un nadie, sino que quieras que te desprecien también los demás como enfermo de este tipo. Porque sin esta voluntad, no es posible que se consiga esta virtuosa desconfianza (de sí mismo), la cual tiene su cimiento en la verdadera humildad y en la gnosis (conocimiento) de hecho de la prueba que hemos mencionado. (11) No solamente cuando uno cae en algún pecado, sino también cuando caiga en distintas desgracias y sufrimientos, y sobre todo enfermedades corporales crónicas, debe conocer su humilde conocimiento de sí mismo y su debilidad, así se hace más humilde, porque por este propósito se concede de Dios que nos vengan las tentaciones, las del diablo, las de los hombres y las de la naturaleza. Por eso también el apóstol Pablo pensando este propósito, decía que le persiguieron muchas tentaciones mortales en Asia: “Tuvimos como segura la sentencia de muerte, para que no confiemos en nosotros mismos, sino en Dios, que resucitará a los muertos” (II Cor 1,9). Y en brevedad, aquel que quiere conocer su enfermedad en praxis o de hecho, pues, que se observe, no mucho tiempo, sino sólo por un día sus propios loyismí (pensamientos, reflexiones y fantasías), más las palabras que ha pensado, habló y las obras que hizo, y así encontrando que la mayoría de sus loyismí, las palabras y las obras estás equivocadas, torcidas, necias y malas; de esta prueba entenderá lo enfermo que está y de esta comprensión y este conocimiento verdadero, por supuesto que se hará más humilde, y en el futuro no tendrá confianza de sí mismo.

Por tanto, el conocerse a sí mismo, cada uno ve cuánto imprescindible es esto para aquel que quiere unirse con la luz increada celeste; por el cual autoconocimiento, el Dios acostumbra conceder su compasión a los orgullosos y preventivos, mediante muchas caídas, es decir, dejándoles caer de manera justa en algún defecto (por el que creen que se pueden proteger) para que conozcan su propia debilidad, y ya no confíen en sí mismos para nada.
Pero este medio tan miserable y obligatorio, no acostumbra a utilizarlo siempre el Dios, sino solo cuando los otros medios, los más libres, como hemos dicho, no provocan al hombre este reconocimiento de sí mismo; entonces concede caer en errores grandes o pequeños el hombre, cuando mayor o menor es su orgullo y reputación que tiene para sí mismo; de modo que, allí donde no hay ninguna reputación o consideración de sí mismo, -igual que ha ocurrido en la Virgen María-, allí igualmente no hay ninguna posibilidad de caída. Por lo tanto, tú cuando caigas, inmediatamente con tu humilde loyismós (pensamiento, reflexión) corre en la humilde gnosis (conocimiento) de ti mismo, y con oración persistente pide de Dios que te otorgue la verdadera luz increada, para conocer tu nimiedad y no tengas confianza para nada de ti mismo, si quieres no recaer y caer en mayor perjuicio, avería y corrupción.

San Nicodemo el Aghiorita

Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com (en español)

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